Una manera de tener presente nuestra historia es recordando aquellos inicios, en que nuestro Teatro La Golondrina no era más que un espacio vacío. Vacío no en el sentido corriente, ya que llegó a estar atiborrado de mercadería, pero sí al menos en el sentido de la imposibilidad de cualquier forma de representación artística.
Parte de un pequeño edificio comercial construido en los sesenta, el espacio se utilizaba como depósito para almacenar los productos de algunos comercios de la zona; durante largos años este fue el uso que naturalmente se le daba a lo que era una construcción en una de las zonas comerciales más emblemáticas del centro porteño. 
Hoy en día, cuando los poderes de la época hacen que predomine el proceder especulador de la economía, cuando el ser humano y la humanidad se intentan reducir al utilitarismo más burdo, cuando la inerte lógica del número pretende incluso gobernar nuestro espíritu, hoy en día, cobramos conciencia de que por obra de algún curioso azar, o destino, hemos vaciado nuestro espacio de mercaderías.
Y curiosamente, también nos percatamos de que lo vaciamos con la quizás torpe ingenuidad de querer llenarlo, con aquello que, a pesar de su intangible consistencia, creemos podría tener algún valor: el quehacer artístico.

¿Por qué entonces convertir algo que fue concebido inicialmente para almacenar productos en una sala de teatro, e intentar llenarlo con el efímero trabajo artístico? Ese trabajo que se despega y aleja de la dura realidad, que flota por el aire como un sueño sin concretar nada, o que divaga en meras abstracciones carentes de sentido y objetivo.
¿Por qué abandonar el mundo concreto y necesario de lo útil para abordar algo tan inasible como el teatro? Y peor aún, ¿pretender que esta actividad se relacione con otras disciplinas que incluso sustentan su accionar a partir de las ciencias? 
En principio, podríamos decir que hemos perdido el rumbo, si por esto entendemos la dirección hacia donde se orientan las cosas en general; pero también, hemos tomado este camino, porque creemos que el arte, y el pensamiento asociado a este quehacer, podrían quizás ayudarnos a encontrar aquello que, paradójicamente en un mundo gobernado por la contundente economía, la tecnología, el interés y el cálculo, estaría sin embargo ausente en gran medida, aquella modesta y sencilla naturaleza de las cosas. 
En ese sentido orientaremos nuestro esfuerzo desde este pequeño teatro, tratando de atender al decir de aquellos poetas que nos hablan a partir de sus obras, para acercarnos al fondo de la existencia humana; un fondo que tal vez, por enfrentarnos a lo más propio, podría ayudarnos a encontrar, en última instancia, nuestra verdadera esencia.

"...las altas torres, los suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso globo, sí, y cuanto en él descansa, se disolverá..., no quedará rastro de ello. Estamos tejidos de la misma materia que los sueños, y nuestra corta vida se cierra con un sueño." 
 Próspero - La Tempestad

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